RESEÑA LIBRO “YO SOY MALALA”
Autor: Daichan, estudiante de psicología y lector empedernido desde niño.
Estamos ante un libro de esos que cuando lo lees, dejan huella. Yo soy Malala prueba el poder de la palabra escrita, de la educación, la verdadera arma de destrucción masiva de maldad, ignorancia y desigualdades.
Yo soy Malala llegó a mi vida de manera curiosa. Lo que me esperaba en esta aventura era para mí una verdadera sorpresa. Y ha sido una de las mejores sorpresas que me han ocurrido en este año 2014.
Cuando os acerquéis a este libro, os encontraréis la biografía de una niña llamada Malala que vive en el valle de Swat, en Pakistán. Primogénita de una familia humilde del valle, es la hermana mayor de tres hijos, los otros dos varones. Cuando ella nació no se escucharon disparos de rifles al cielo (señal de la llegada de una alegría, un varón a la familia), tampoco se celebró. Sin embargo, su padre, un hombre de letras que luchaba ya en su día por crear una escuela, le pidió a sus amigos que dejaran en la cuna de su primera (y en esa época, única) hija las ofrendas típicas que se les da a los niños cuando nacen. Ya comenzaba la diferencia que tendría que vivir Malala, la diferencia de ser una ciudadana de segundo orden. No obstante, su padre, Ziauddin Yousafzai, fue el primero que confió en su hija, antes incluso de que ella supiera hablar. El nombre de Malala viene de una heroína real que tuvo la nación de Pakistán, Malalai de Maiwand. Le pusieron este nombre porque Ziauddin creía que su hija iba a ser una mujer importante, que iba a hacer grandes cosas. No se equivocó.
Con apenas 11 años, Malala se convirtió en toda una eminencia en el mundo cibernético bajo el seudónimo Gul Makai, escribiendo un blog denunciando las atrocidades que ocurrían día sí y día también en todo Pakistán. Poco a poco, Malala dejó de ser una simple niña que luchaba por la educación y la paz, para convertirse en toda una activista profesional, acompañada de su padre, también activista y luchador nato por los derechos humanos.
Entre las cosas que más me sorprendió de Yo soy Malala se encuentra todo lo que aprendí sobre Pakistán y el pueblo Pashtún, gentes humildes, que comparten todo lo que tienen, personas pasionales, tanto para lo bueno como para lo malo. Allí en valle de Swat existían varias escuelas para niñas. Hasta escuelas de niñas y niños. El padre de Malala era director de unas cuantas. Eso me sorprendía, porque yo creía que era imposible. Sin embargo, Malala iba a esas escuelas, sabía inglés, aprendía matemáticas, química, historia y literatura.
Lo más destacable es la figura paterna de Malala. Ziauddin es otro héroe enorme en esta historia. Un padre que lucha por su hija hasta dejarse la vida. Ziauddin es quien le enseña a Malala todo lo que sabe, el respeto, la importancia de la educación y el amor por la paz. Es este mismo hombre el que jura y promete a la pequeña que nadie jamás le cortará las alas. Eso se lo dice con miedo, sabiendo que los talibanes se acercan al valle de Swat y todas esas horribles noticias de sangre, de mujeres asesinadas o muertas en vida, encerradas y a oscuras, historias pesadillescas que vienen desde Afganistán, podrían instaurarse en su pequeño valle.
Después del atentado de Malala, cuando es trasladada al hospital militar de Pakistán, viviremos los momentos de tensión más horribles que la literatura nos pueda dar. Y es que esto fue real, más real que nada. Una niña al borde de la muerte. Y todo por culpa de unos psicópatas radicales. Toda la nación se estremeció. Y la tristeza de su familia, de la gente cercana que en algún momento ayudó a Malala en su importante lucha contra la violencia de su país, nos deja sin aire. Yo no podía parar de leer.
Me estremecí de emoción cuando tantos países se unieron para salvarla. Casi lloré cuando el príncipe de los Emiratos Árabes le fletó un avión privado, de la familia real de ese país, para que pudieran trasladarla con urgencia a un hospital de Inglaterra. Me emocioné terriblemente cuando vi a tantos países, diferentes todos ellos, unidos para salvar la vida de una niña. Definitivamente, toda la aventura y todas las personas que estuvieron implicadas en esta, son una vorágine de emociones que debéis experimentar leyendo esta biografía.
Te gustará este libro si:
Este libro es de lectura obligada, así que espero que lo leas, te llame la atención o no. No se trata de una novela de aventuras ni de romance, sino de algo mucho más impresionante: la vida misma y la fuerza de la esperanza. Te gustará si sabes apreciar las grandes historias de la Humanidad.
No te gustará este libro si:
Si tienes un nulo interés en los derechos humanos o en lo que ha ocurrido en los últimos años en el mundo, ¡no lo leas, pero tampoco leas periódicos o cosas similares! Si no te interesa aprender nada sobre el mundo islámico y sobre el mundo en general… definitivamente te estarás perdiendo una de las joyas más impresionante de los últimos años.
RESEÑA LIBRO “UN LARGO CAMINO:MEMORIAS DE UN NIÑO SOLDADO”
“En la guerra el alma se te cierra y no sientes emociones, es como un mecanismo de defensa, porque si no te morirías de ver tanto horror”, explica Ishmael Beah, un ex niño soldado de Sierra Leona que con sólo trece años se vio obligado a luchar en un conflicto que le arrebató la familia y la niñez. Quince años después, Beah, que es embajador de buena voluntad de Unicef y vive en Nueva York con su madre adoptiva, ha decidido “poner cara” al drama de los niños soldados y explicar su historia en ‘Un largo camino’ (RBA), un libro estremecedor, por su realismo, en el que relata el infierno que, como él, aún sufren miles de menores en todo el mundo.
En enero de 1993 la guerra sorprendió a Ishmael cuando volvía con su hermano mayor y unos amigos de un concurso de hip-hop que se celebraba en Mattru Jong, un pequeño pueblo situado a unos 25 kilómetros del suyo. Ya nunca pudieron volver a casa.
Los violentos enfrentamientos en los que inesperadamente se vieron envueltos de regreso a sus hogares, empujaron a estos jóvenes, de apenas 13 años, a vagar sin rumbo por un país convertido en un infierno de violencia sin sentido, azotado por las sangrientas luchas entre el ejército gubernamental y los rebeldes del Frente Unido Revolucionario.
Tras meses de huida desesperada, Ishmael y sus compañeros llegaron a un campamento de las fuerzas del gobierno en busca de ayuda. Sin embargo, en vez de una cama y comida, les dieron balas y un fusil. Sin quererlo, se habían convertido en niños soldados.
“Cuando llegamos a la base militar pensamos que nos íbamos a sentir seguros, pero resultó ser falso, se convirtió en una pesadilla. Tras un período de adiestramiento de sólo una semana empezamos a participar activamente en la guerra. La única opción que teníamos era entrar en el ejército y combatir o dejar que nos persiguieran y mataran”, relata Ishmael.
El ejército se convirtió en su familia
El ejército se convirtió entonces en su única familia. Los comandantes, sanguinarios y autoritarios, ejercían de padres, mientras que los niños soldados se consideraban como hermanos.
“Pero para ser parte de la familia tienes que hacer lo que te dicen, manifestar tu lealtad al grupo. Por eso, si te piden que mates, has de matar, y la violencia se convierte en tu forma de vida”, señala Ishmael.
Ishmael reconoce que ha visto asesinar a cientos de personas y que él mismo, bajo los efectos de las drogas, el odio y las órdenes de los superiores, ha apretado el gatillo en innumerables ocasiones, matando a combatientes, pero también a niños, ancianos y demás personas inocentes.
Dice que al principio, cuando asesinas a alguien, “te sientes horrorizado”, aunque al final “te acabas acostumbrando”. “Es como un mecanismo de defensa, porque si no puedes morir por el mero hecho de haber visto eso. El alma se te cierra y no eres capaz de sentir emociones humanas. Es la locura de la guerra”, afirma Ishmael.
Unicef le sacó de la guerra
Durante cerca de tres años las armas formaron parte de la vida de este joven hasta que Unicef le sacó de la guerra y le trasladó a un centro de rehabilitación para niños soldados en Freetown, la capital de Sierra Leona.
Allí empezó su nueva vida. Pudo volver a la escuela, ayudar a otras personas en su misma situación y dar conferencias en otros países sobre el drama de los niños soldados, hasta convertirse en embajador de Unicef. Pese a su tormentoso pasado, Ishmael, que se ha licenciado en Ciencias Políticas, asegura que es posible volver a llevar una vida normal, aunque ello “requiere un proceso largo”.
“Nunca puedes olvidar, aunque aprendes a vivir con los recuerdos y a transformarlos para que no sean una carga para ti. Son como un recordatorio de lo importante que es vivir en paz. Eso -afirma- es lo que he aprendido yo de esta experiencia”.
(Fuente: El Mundo, 26/01/2008)
Ishmael Beah, Un largo camino. Memorias de un niño soldado, RBA: Barcelona, 2008. 272 págs.